Desde distintos ámbitos, la obra de Javier Ortas ha sido comparada con la de grandes maestros por sus composiciones, su equilibrio cromático y la solidez de sus planteamientos formales.
Como es habitual al tratar de contextualizar a un artista, también se ha intentado indagar qué artistas podrían haber sido referentes para explicar su obra. En su caso, esta vía resulta ineficaz: hablar de referentes contradice la propia filosofía de su trabajo, ya que su pintura no se construye a partir de una búsqueda exterior, sino desde una lógica interior que excluye la dependencia de modelos, filiaciones y referencias visuales.
Al no existir un referente concreto que permita explicar su trabajo, se hace necesario comprenderlo en un contexto más amplio y observar cómo ha evolucionado la relación con lo observado a lo largo de la historia del arte.
En su infancia, Javier Ortas leía y disfrutaba casi a diario con las enciclopedias que había en casa —la General, la de Fauna y la de Historia del Arte—. Ese hábito fue alimentando muy pronto su educación visual e intelectual, y contribuyó a formar un profundo conocimiento de maestros, estilos y lenguajes visuales.
Sin embargo, este saber constituye solo una parte de su rico universo interior, que ha puesto enteramente a disposición de la creación.
En la historia del arte, la relación con lo observado ha ido cambiando de forma notable. En el arte antiguo, la representación se apoyaba de manera directa en la realidad visible, y cuanto mayor era la fidelidad al objeto observado, más valor se atribuía a la imagen. Con la modernidad, esa relación se transforma: el artista deja de limitarse a reproducir lo que ve y comienza a interpretarlo, transformarlo o deconstruirlo desde su propia sensibilidad. En Javier Ortas, el planteamiento da un giro más radical, al renunciar a la observación directa.
Eso ayuda a entender por qué su trabajo no encaja del todo en las categorías habituales con las que suele leerse la figuración. No copia ni transforma: prescinde del referente como base del proceso.
En ese contexto, Ortas encuentra un vínculo con el arte rupestre, al sentirse identificado con sus obras figurativas, creadas sin apoyo visual directo. Considera que esta capacidad de crear es una facultad humana que se ha ido perdiendo desde hace siglos, a medida que el ser humano ha ido confiando cada vez más en apoyos externos.
La comparación le permite relacionar esa idea con otras capacidades humanas que hoy resultan más evidentes. Del mismo modo que la calculadora reduce la capacidad de cálculo mental, o los traductores disminuyen la capacidad de traducir por uno mismo, o la inteligencia artificial puede desplazar la capacidad de pensar por cuenta propia, también la costumbre de copiar o de apoyarse en un referente visible puede haber ido relegando la capacidad de pintar desde la mente, hasta el punto de que hoy es una rareza.
En este sentido, hay una pérdida intelectual: una involución debida a la sustitución del ejercicio de capacidades humanas por apoyos tecnológicos cuyas consecuencias solo pueden apreciarse a lo largo de generaciones y son difíciles de determinar y cuantificar.
Para Ortas, nuestra capacidad de imaginar se ha ido atrofianado a lo largo de la historia. Hoy, el ser humano ha llegado a depender de recursos externos para crear algo nuevo.
En este contexto, Ortas reivindica la capacidad humana de pintar solo con la imaginación. Reconoce que otros artistas pueden servirse de referentes visuales para interpretar, copiar o incluso proyectar; pero subraya que pintar figuración desde la imaginación es una capacidad que requiere desarrollo, tanto de la imaginación como de la técnica, y que resulta muy valiosa por lo que aporta al arte: entre otros beneficios, el artista adquiere soltura y libertad.
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